Las calles desnudas... el sonido inquietante... las persinas silenciosas... sí... todo apunta a que ya es más de media noche, y con ello, la soledad, un día más, envuelve sus calles.

 

Me encuentro en la plaza del Ayuntamiento del pequeño pueblo de Benamaurel, situado en la parte central de la comarca del Altiplano granadino, pueblo al que muchos conocen por su escalofriante desamparo.

 

En su antigüedad se trataba de un punto de difícil acceso, debido a su estratégica localización cercana al río y en un punto elevado de muy fácil defensa.

 

Allí, la plaza solía estar abarrotada de niños jugando todo el día, risas para un lado, risas para otro, cantes, madres tertuliando a la hora del café... pero poco a poco, todo aquel bienestar y aquella felicidad fue desapareciendo, como si un manto cubriera el pueblo para dar paso a una nueva etapa...

 

Donde antes había vida, ahora solo hay montones de abandono y desamparo, cuya nostalgia y melancolía se refleja en los rostros de los más viejos del pueblo. Sí, los ancianos que quedaban en el lugar eran aquellos niños que disfrutaban diariamente de la infancia. Pero no todos estaban allí, no de todos se conocía su paradero.

 

 

Cuenta la leyenda, que Benamaurel se volvió muda y triste con el paso de los años. Hacia el año 1935, un terrible suceso azotó el pueblo de las casas cuevas. Poco a poco, muchos de quellos niños fueron desapareciendo, sin encontrar rastro por ningún lado, pero lo más curioso es que nadie se preocupó por intentar localizarlos. ¡Es él, ya ha llegado!, se oía de boca en boca entre los residentes del pueblo. Desde entonces los niños que quedaban no salían a la calle por miedo a ser los siguientes en desaparecer con aquel temido desconocido, solo cuando el sol asomaba sus primeros brazos de luz, los hombres del pueblo volvían a sus quehaceres del campo, las mujeres procuraban salir lo justo a la calle para sus compras diarias y nunca más volvieron a dejar la puerta de la calle entornada, y los niños... los niños comovidos por un sin fín de preguntas, se las guardaban en lo más profundo de sus baules de dudas. Nadie se atrevía a decir nada...

 

Aún hoy día, cuando la noche cae en el pueblo granadino, nadie pasea por sus callejones, a nadie se le ocurre si quiera levantar el tono de voz por miedo a aquello que todos conocían por historias heredadas de padres a hijos, pero que nadie había visto.

 

Solo unas pocas farolas iluminaban mis pasos, sintiendo un enorme vacío que cosquilleaba dentro de mí. Sensación de no estar solo aún estándolo. La pequeña brisa hacia sentir que me acariciaban continuamente con manos frias y secas, y el sonido de éste por las estrechas calles simulaban voces continuamente...

 

Buscando una respuesta a todo un misterio, una voz se escuchó de entre las ventanas que daban al dormitorio de una casa cueva, ¡no sabes lo que estás haciendo!, se trataba de Ernesto Vega, el hombre más anciano del pueblo, pero yo, leal a mi decisión, bajé la cabeza, y continué mi camino.

 

Sin duda aquel pueblo tenía algo. Transmitía una sensación diferente, oscura, fria y enigmástico.

 

Y según los vecinos, la noche está aislada de las personas, para dar paso a los juegos de los niños que nunca más aparecieron...